La isla perdida y oculta para escaparse en Buenos Aires: silencio y paz
Tiene 400 hectáreas y solo se puede acceder en lancha o avioneta. Combina paisaje lagunar, historia aristocrática y una experiencia de desconexión total
A unos 500 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires existe un destino poco conocido incluso para quienes suelen recorrer la provincia en busca de escapadas cortas. Se trata de la Isla Sistina, un enclave rodeado completamente de agua donde el silencio y la naturaleza dominan la escena.
Ubicada dentro de la Laguna del Monte, en el partido de Guaminí, esta isla forma parte del sistema de lagunas Encadenadas del Oeste y ofrece un paisaje muy distinto al de los destinos tradicionales del interior bonaerense.
Con unas 400 hectáreas de superficie y un único edificio en todo el territorio, la propuesta del lugar es clara: descanso real, caminatas entre naturaleza abierta y contacto directo con un entorno casi intacto dentro de la provincia.
En la isla funciona la Estancia La Sistina, una casona rodeada de agua y vegetación donde se ofrece alojamiento con pensión completa, habitaciones amplias y piscina al aire libre. La experiencia apunta a combinar confort con aislamiento, algo cada vez más buscado en escapadas de fin de semana.
El acceso limitado es parte del encanto: solo se llega en lancha desde la costa de Guaminí o en avioneta, lo que refuerza la sensación de estar en un destino distinto sin salir de Buenos Aires.
Qué se puede hacer en la Isla Sistina y por qué es una escapada diferente
La propuesta turística combina descanso con actividades al aire libre. Entre las opciones más elegidas aparecen los safaris fotográficos, el avistaje de aves y los paseos en kayak o lancha por la laguna, además de la pesca de pejerrey, uno de los clásicos de la región.
También es un destino ideal para caminar sin horarios ni circuitos marcados, recorrer senderos naturales o simplemente detenerse a contemplar el paisaje abierto, algo que forma parte central de la experiencia en la isla.
Además del atractivo natural, el lugar tiene una historia particular: en la década de 1980 fue adquirido por la condesa Ena Wenckheim, quien rebautizó la antigua "Isla Grande" como Sistina y mandó a construir la casona con inspiración europea. Ese pasado aristocrático todavía se percibe en el estilo del establecimiento y refuerza su carácter exclusivo dentro del turismo bonaerense.